Las renacidas reivindicaciones sociales, el
cuestionamiento del régimen constitucionalista de la dictadura y la decadencia
de la ideología neoliberal como legitimadora del orden económico nacional,
constituyen puntos relevantes de la discusión sobre las ideas acerca del Estado
que nos ha dejado la campaña presidencial.
El movimiento estudiantil puso en cuestión el
modelo imperante y dejó de participar de la creencia generaliza en la
superioridad del sector privado, del culto a la privatización y en particular
de la educación privada, que reproduce las desigualdades del sistema. Aunque
esta suerte de dogma fue la tónica general desde 1985 hasta las protestas del
2011.
Esta verdadera cultura privatizadora tuvo como resultado
una concentración de la riqueza a niveles inéditos. La euforia por el buen
desempeño de los privados comenzó cuando el Estado de Chile -durante la
dictadura militar- se fue desmontando casi en secreto para beneficio de un
puñado de empresarios y accionistas vinculados al régimen.
En 20 años, los gobiernos concertacionistas fueron
controlados por una corriente transversal de opinión e intereses, en torno a la
eficiencia del sector privado en todos los sectores de la economía. Algunos
presidentes incluso fueron más allá en el proceso privatizador que la propia
dictadura y acometieron la privatización del agua.
Después del 2011, se ha propagado una evidencia
simple: la única razón para que los inversores privados estuvieran dispuestos a
adquirir bienes públicos que en apariencia eran ineficientes, es que el Estado
elimina o reduce su exposición al riesgo. Es decir, ganancia segura y no poca.
Tanto así, que es la principal causa de la desigualdad dominante.
Su influencia en la política ha sido decisiva porque
la privatización y su cultura lograron quitar competencias y responsabilidades
al Estado, buscando debilitar su posición.
De partida, lo han hecho renunciar a la obligación
de proveer bienes y servicios que son de interés público. El objetivo a lograr
era que el Estado se volviera irrelevante en la vida de las personas. Esto se
ha representado en el alto grado de abstencionismo en las últimas elecciones
generales.
Como se ha demostrado en las protestas y el
abstencionismo, el dominio del cálculo económico en la vida pública tiene como
resultado una subordinación disconforme.
Esta disconformidad estalla recurrentemente bajo la
forma de protesta violenta, porque en realidad, la sociedad que hemos
construido en lo único que vincula al ciudadano con el Estado es a través de la
autoridad y la obediencia. Con ello, la condición de lo público se empobrece de
tal manera, que solo se corresponde con el cumplimiento de la ley.
Sin embargo, nuestros jóvenes no parece que puedan
seguir creyendo en el relato neoliberal que prometía -especialmente a la clase
media- que sus intereses serían mejor servidos por los mercados, cada vez más
grandes y libres, y un Estado cada vez más pequeño y restringido.
Lo que no ha quedado claro hasta ahora es por qué
un gobierno democrático, que traslada responsabilidades públicas al sector
privado y las deja al capricho del mercado, está haciendo realmente algo
positivo por las personas.
Lo que en realidad está haciendo es otorgando poder
a los ricos y quitándole capacidad a los ciudadanos. La previsión social
chilena es el ejemplo más paradigmático. Pero como Keynes pensaba, el
capitalismo no puede sobrevivir si sólo se limita a proporcionar a los ricos
los medios para hacerse más ricos.
En consecuencia, no importa lo rico que sea un
país, sino lo desigual que es. La diferencia es que ahora existe una amplia
mayoría que postula una vuelta a la cuestión social. Lo que está en juego es la
variedad del capitalismo nacional, ya que el actual es incompatible con un
Estado más democrático, y también insuficiente para que los gobiernos puedan
ayudar a todos sus ciudadanos a adaptarse a los cambios.
Lo que se busca es revalidar la supremacía de la
política democrática por sobre la economía y la acción del gobierno legítimo,
una expresión del interés público.
Por ello, el interés nacional de Chile debe ser
redefinido en forma más inclusiva que la sola promoción de mercados para un
grupo reducido de coterráneos.
Para Tejemedios escribió:
MARIO HUNKEL VENEGAS
SOCIÓLOGO CHILLANEJO
Pontificia Universidad Católica